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Solidaridad, Democracia y Cultura para el Desarrollo

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Solidaridad, Democracia y Cultura para el Desarrollo


Por:Margarita Errazuriz
Directora Ejecutiva del Proyecto Pluralismo, Sociedad y Democracia

Introducción
La palabra solidaridad viene de solidario. En latín de "solidus", sólido. El francés antiguo lo entendía como "en common", lo que quiere decir acción conjunta, interdependiente. El juego de palabras que se hace en torno a la palabra sólido la relaciona con algo substancial, confiable, con continuo y que no tiene quiebres y en matemáticas se entiende como un cuerpo que incluye las tres dimensiones geométricas.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que solidaridad es "la adhesión a una causa o a la empresa de otros", a lo que el Diccionario Didáctico Español agrega "especialmente aquella que se presta en situaciones difíciles". El Merrian Webster Dictionary y el American Heritage Dictionary hablan de "unidad de intereses, propósitos o empatías entre los miembros de un grupo". Esta última definición destaca el hecho que se presta solidaridad cuando se forma parte de un grupo, vale decir, reduce el concepto.

En cualquier caso, la solidaridad es un impulso que nace del alma. Porque es un impulso que nace del alma puede ser sólido, continuo, tridimensional. Es un reconocimiento del otro como una persona semejante y con los mismos derechos. Es asumir responsabilidad para lograr esa igualdad y, por lo mismo, se caracteriza por una entrega a los demás. Es ahí donde se genera la interdependencia y la posibilidad que la solidaridad abre de "ser con otros". Por ello, es la oportunidad para que ese otro colabore en la expresión del propio ser y permite la expresión en plenitud de cada persona y la posibilidad de construir en común proyectos de grupo o para toda la sociedad.

Hoy, en el decir de un conjunto cada vez más importante de cientistas sociales, se entiende que la solidaridad constituye un eje medular de una cultura que genera desarrollo. El aporte de esta reflexión para fortalecer la solidaridad se centrará en el análisis del sistema democrático, como una expresión de nuestra cultura. He elegido poner énfasis en la cultura democrática porque sus valores concitan total adhesión y constituyen principios universales considerados superiores. Además, se remite a un proyecto país y rige nuestro actuar ciudadano. Con este enfoque, en primer lugar, este documento sistematiza brevemente las bases de una cultura que favorece el desarrollo, en la cual la solidaridad juega un rol estratégico. Luego, discute los principios de la democracia y su funcionamiento analizando la relación entre ambos temas con las condiciones de una cultura favorable al desarrollo. Finalmente, se refiere a puntos que se estiman centrales para fortalecer la solidaridad desde esta perspectiva.

Este documento entiende que la solidaridad responde a las dimensiones superiores de cada individuo. Tratará el tema de su fortalecimiento pensando en el apoyo a intereses sociales que van más allá de los intereses comunes entre las personas, esto es aquella que implica adhesión a una causa ajena, porque es este tipo de solidaridad la que conforma tejido social, componente central de una cultura para el desarrollo. Se referirá a la solidaridad como expresión individual y colectiva, con especial énfasis en lo que se ha llamado en este documento solidaridad país. Con este concepto se quiere apuntar a la solidaridad que toda una comunidad nacional requiere expresar para asegurar el bien común.

Bases de una cultura favorable al desarrollo
La relación entre cultura y desarrollo ha sido ampliamente destacada en la última década. A. Peyrefitte –uno de los autores que ha contribuido a dar un vuelco profundo a las explicaciones del desarrollo, al destacar la importancia de la cultura entre los factores causales del desarrollo- resalta la importancia que tiene para el desarrollo características individuales como la iniciativa personal, la libertad exploratoria e inventiva, la confianza, la responsabilidad, la libertad que conoce sus contrapartidas y sus deberes y límites. Para generar estas características individuales el autor señala que se requiere un tipo de cultura llamada a creer en el hombre, en su espíritu y a otorgarle un rol de actor social central en el desarrollo .

El esfuerzo por identificar a los factores que permitirían potenciar el desarrollo, dentro del pensamiento que atribuye al comportamiento de las personas un peso decisivo en éste, ha dado valiosos frutos entre los que se destaca el concepto de comunidad cívica y sociabilidad espontánea acuñado por R. Putman . Estos estudios se remiten a ciertos componentes no visibles del funcionamiento de una sociedad y que tienen que ver con la existencia de un tejido social básico. Se sostiene que dicho tejido incide fuertemente en las posibilidades de crecimiento y desarrollo de una comunidad. Dicho conjunto de componentes está siendo analizado bajo la denominación de "capital social". El mismo Putman, aportando precisiones a la definición del término comunidad cívica, señala que el capital social está conformado por el grado de confianza existente entre los actores sociales, las normas de comportamiento cívico por las que éstos se rigen y el nivel de asociatividad que caracteriza a una sociedad.

Para J. Coleman, uno de los primeros autores que desarrolló el concepto de capital social, éste tiene que ver con el grado de integración social, las redes de contactos, la reciprocidad y los comportamientos confiables. Estos comportamientos nacen a partir de valores compartidos .

Otros autores señalan que el capital social se asocia con relaciones de cooperación y ayuda mutua, el desarrollo de lazos de solidaridad, el uso comunitario de los recursos y la participación en organizaciones colectivas .

Las palabras usadas para definir esa cultura que debe favorecer el desarrollo son prácticamente sinónimos de solidaridad como, por ejemplo, cooperación, ayuda mutua, asociatividad, reciprocidad o señalan la necesidad de canales adecuados para su expresión: uso comunitario de los recursos, participación activa en organizaciones colectivas, redes de contacto. De modo que todos estos esfuerzos están en primer lugar destacando el rol de la cultura en el desarrollo y luego, al intentar precisar aquella que favorece el desarrollo, sus propuestas pueden sistematizarse en dos características necesarias: la confianza en la persona y en su plena expresión humana ("creer en el hombre y en su espíritu" como dice Peyrefitte) y la existencia de un tejido social básico vivo y dinámico. El carácter de este último estaría dado por el ejercicio de la solidaridad y la existencia de canales para su expresión.

De las condiciones que requiere una cultura para el desarrollo se puede concluir que la confianza y la solidaridad social son dos factores centrales. Estos pueden expresarse en forma independiente pero trabajan en conjunto y, por lo mismo, se potencian mutuamente. Además, es importante insistir, aunque sea obvio, que para lograr que estos comportamientos sean parte de una cultura es necesario compartir determinados valores.

La solidaridad favorece el ejercicio de la democracia
La democracia es una expresión cultural y la organización institucional que da forma al pensamiento moderno. El régimen democrático se organiza en torno a la justicia y la libertad. La soberanía popular, la igualdad ante la ley y las oportunidades sociales y económicas son condiciones para que estos valores se encarnen.

La democracia busca, a través de la ley, organizar con eficacia técnica una sociedad que respete las libertades individuales y sea considerada justa por la mayoría junto con representar los intereses ciudadanos. El proceso de democratización ha ido avanzando por etapas y ha pasado de lo que se ha llamado una democracia de participación en un orden político a una de deliberación que privilegia el reconocimiento de los sujetos individuales y la diversidad de sus esfuerzos, al mismo tiempo que persigue aportar la razón instrumental para lograr la integración de la comunidad.

El reconocimiento de los sujetos individuales y de su libertad junto al ejercicio de la justicia social expresado en igualdad ante la ley y las oportunidades sociales, propio de la democracia, conforman un marco social donde la solidaridad tiene un amplio campo de expresión. La persona es amparada en este marco, dónde puede desplegar ampliamente las dimensiones superiores de su ser. Por ello, la evolución de la democracia podría entenderse como un proceso que intenta establecer un acuerdo entre las necesidades de desarrollo de la sociedad y las del individuo en su esfuerzo por ser plenamente persona y de actuar de común acuerdo con otros.

En dicho esfuerzo, la democracia enfrenta dos dilemas que inciden en las posibilidades de expresión solidaria:
  • La cultura democrática se define como un esfuerzo de equilibrio entre la unidad y la diversidad. La democracia es hoy la forma política que salvaguarda la diversidad. Su propuesta es la de lograr que individuos y grupos, cada vez más diferentes los unos de los otros, vivan juntos en una sociedad que, respetando su historia, funcione como una unidad. La democracia es necesaria porque es difícil esa combinación de factores de unificación y de diversificación. Para que ésta pueda tener lugar, la organización social debe reunir ciertos requisitos. Debe crear una institucionalidad que, aceptando la diversidad de identidades, las regule de manera tal que permita la referencia de todos a la unidad de la ley y de los derechos del hombre. Ni la unidad ni la diversidad deben sacrificarse una en función de la otra.
  • La democracia debe también conjugar la libertad individual con el interés público. La democracia es una ecuación entre la optimización del bienestar de la colectividad y la libertad personal. Es la búsqueda de combinaciones entre razón colectiva y libertad privada. Por tal motivo, supera al pensamiento moderno que postuló que los derechos del hombre se confundían con los deberes ciudadanos. La democracia sostiene que no hay correspondencia entre los intereses personales y los colectivos. La democracia es el reconocimiento de los derechos de los individuos y de las colectividades a ser actores de su historia. Es por ello que ésta no puede ser definida como la subordinación de la vida privada de los ciudadanos al interés público y, tampoco, como la limitación de la vida pública por la protección de la libertad individual.

En este difícil equilibrio entre dilemas centrales a su propia definición, la democracia no es sólo una síntesis entre unidad y diversidad; respeto por las identidades culturales individuales y colectivas. La democracia es un proceso dinámico, con fuerzas de mediación y de ruptura vinculadas al sujeto y a la sociedad, inseparables unas de otras. Y, la lógica de los opuestos específicos de cada uno de los dilemas hace que éstos se enfrenten, se alejen uno de otro, se contradigan. Estos pueden desgarrar el mundo social o generar una gran solidaridad que se convierte en fuerza mediadora y por esta vía ofrecer nuevas posibilidades de equilibrio al sistema.

Es por ello que se suele entender a la democracia como un trabajo jamás acabado. Touraine dice que la democracia es un esfuerzo permanente por mantener una unidad siempre limitada de elementos complementarios, la que nunca puede fundarse en un principio único . La democracia, en el juego y en la solución precaria y momentánea de cada uno de sus dilemas, puede amenazar la confianza de la persona en este sistema.

La clave para entender la confianza que el individuo deposita en la democracia está vinculada al intento de ésta de acompañarlo en el proceso de ser con los demás. Sus dilemas se encuentran íntimamente ligados a las contradicciones propias de la naturaleza de todo ser humano en su búsqueda de expresión. Hay una identidad entre individuo y democracia basada en la razón misma de la existencia del individuo y de la democracia.

Pareto, en su teoría de los residuos, plantea que una de las contradicciones de la persona se relaciona con el instinto a innovar y la resistencia a éste, denominados como la "persistencia de los agregados" y el "instinto de combinación" respectivamente. En el camino a la individuación que emprende cada persona, la resistencia al cambio y el deseo de proyectarse a una nueva realidad aumentan al mismo tiempo. Por ello, aparecen en este proceso fuerzas en oposición, las que llevan al actor a asumir lentamente su nueva realidad. Parte de este proceso ha sido expresado muy gráficamente por dos conocidos pensadores: el hombre con "miedo a la libertad" destacado por Fromm y aquel "condenado a elegir" planteado por Sartre.

Otra de las contradicciones de la persona en dicho proceso de individuación, es el impulso a centrarse en sí misma junto con querer responder al llamado a ser con los demás, el que le plantea las necesidades de su alma, como diría Simone Weil . Así, siente la oposición entre su ser individual y sus ansias de solidaridad, de asumir responsabilidad social.

En suma, la persona sumergida en estas contradicciones se mueve entre polos que la llevan a desear permanecer en lo que está y a buscar el cambio; la atraen hacia la pertenencia y la impulsan hacia el proyecto; le proponen la liberación y la limitan por su propio deseo al compromiso en beneficio de los demás. El impulso al compromiso ejercido con libertad es un trampolín para el ejercicio de la solidaridad.

Las contradicciones que enfrenta el individuo en su evolución permiten plantear la hipótesis que, el difícil equilibrio del juego democrático entre los dilemas que enfrenta y que se propone conciliar no mina las bases mismas de la confianza del actor en éste. El individuo, pese a la precariedad de sus propuestas, confía en la democracia porque en sus dilemas encuentra reflejadas sus propias contradicciones y, de alguna manera, ese juego de espejos crea identidad entre el actor y el sistema, la que se expresa en confianza.

La solidaridad se encuentra en el medio de los dilemas y contradicciones planteados y en el eco que los primeros tienen en éstas últimas. En democracia, el individuo se enfrenta a una libertad valorada y otorgada, se ve lanzado a la libertad pero, también, limitado frente a la exigencia de asumir el colectivo social, el que le recuerda sus compromisos y responsabilidades (dilema de la democracia: libertad individual-interés público; contradicción del individuo: liberación-compromiso social). También, la democracia abre a la persona un espacio social y un porvenir lleno de promesas, lo acoge en su individualidad. Pero, al mismo tiempo, lo impulsa a aferrarse instintivamente a su cultura de origen, porque la diversidad le muestra la relatividad de todo aquello que constituye las bases de su certidumbre (dilema de la democracia: diversidad-unidad; contradicción del individuo: pertenencia-proyecto).

Al interior del conjunto libertad-compromiso social-interés público así como en el de diversidad-proyecto-unidad está la posibilidad de expresión solidaria latente. Tanto el compromiso y el interés público como la unidad y el proyecto convocan a la expresión solidaria. Su posibilidad de expresión radica en los espacios de libertad que la democracia otorga para que la persona exprese plenamente su ser y se abra a sus necesidades. Los límites a partir de la persona provienen de sus necesidades de pertenencia, a la que acude sin reservas si se ve desafiada por la diversidad y el proyecto. Todo ello pone el acento en el individuo. La solidaridad social tiene como punto de partida a la persona. Es su expresión desde la persona la que permite conformar una cultura y construir instituciones solidarias.

Por otra parte, para conciliar sus dilemas el sistema democrático se apoya en la racionalidad instrumental. Esta intenta asegurar que en cada uno de dichos dilemas se logre un equilibrio que garantice la libertad y la justicia representando el sentir de los ciudadanos. Si bien la racionalidad instrumental es el recurso más confiable para lograr los resultados esperados, puede llegar a ser insuficiente para generar una cultura con un tejido social vivo y dinámico. La confianza en la razón instrumental y en su eficiencia puede prestarse para que las personas se dejen estar en el esfuerzo de asumir personal y directamente compromiso con el interés público o el proyecto social. Este no asumir compromiso social también se puede presentar cuando las contradicciones de los individuos se exacerban, lo que los puede llevar a centrarse en aquello que los atañe: liberación individual al margen de cualquier consideración y pertenencia. De hecho, se podría decir que así ha pasado en nuestras sociedades. Más que equilibrio entre dos polos de un dilema se estima que en la actualidad el peso se encuentra en uno de ellos. Hoy hablamos de sociedades fragmentadas por la diversidad y donde se expresa escaso interés por los asuntos públicos y de personas centradas en su individualidad y en lo que les es propio, en su pertenencia.

Desde la perspectiva de los principios democráticos, se puede decir que los espacios para contar con una cultura de la solidaridad, que genere un tejido vivo y dinámico, son amplios pero precarios. Hay varios puntos que avalan esta afirmación. Los principios democráticos crean confianza en las personas. Este sería un punto a favor si se acepta que la confianza potencia la solidaridad. La libertad del individuo permite y abre espacios para la expresión del ser. Segundo punto a favor. También, uno de los polos de cada dilema llama al ejercicio de la solidaridad. Tercer punto a favor. Pero, dependiendo de las condiciones en que se desenvuelve la democracia y cada persona, la expresión solidaria se ve bloqueada por las necesidades de pertenencia y liberación sin consideraciones al bien común. Este punto no es menor si se tiene en cuenta el pensamiento de Simone Weil. Esta sostiene que la necesidad de "echar raíces" es quizás la necesidad más importante y más ignorada del ser humano. En su opinión, la modernidad genera desarraigo, factor que junto a la desconfianza se gatillan mutuamente. Se genera así una especie de círculo vicioso que puede ser una de las explicaciones del énfasis actual en el individualismo y la falta de compromiso social.

De estos antecedentes se concluye que la solidaridad es inherente a los principios democráticos y a la esencia del ser humano. Cuando observamos a la sociedad en su dinámica y al individuo como actor social, la expresión solidaria se ve condicionada por el funcionamiento del sistema democrático y condiciones económicas y sociales.

En lo que sigue se analizarán formas que ha asumido el funcionamiento de la democracia que tienen efectos determinantes en la expresión solidaria. Dichas formas se han elegido porque ilustran muy gráficamente la situación pero no responden a un análisis exhaustivo del tema y son, por lo general, bastante conocidas.

El actual funcionamiento del sistema democrático no fortalece la solidaridad
La práctica política no es capaz de dar vida a los principios democráticos. Esta parece ser una realidad generalizada para los países de América Latina. En la gran mayoría de los países de la región –13 entre 17-, la población opina que hoy está más insatisfecha que en 1996 respecto a cómo funciona la democracia . Y, en algunos países como Chile, pareciera que se estima que ésta funciona cada vez peor. Si en 1991 un 7 por ciento manifestaba que la democracia funciona cada vez peor, en 1999 esa cifra alcanzó al 35 por ciento .

Los puntos críticos de insatisfacción dicen relación con las características del sistema y su funcionamiento y los más controvertidos se encuentran en estrecha relación con las posibilidades de suscitar unidad social y compromiso con el interés público.

Los ideales democráticos crearon expectativas que no se han cumplido. La soberanía popular y la representación de los intereses ciudadanos no pasan de ser realidades formales. Las grandes organizaciones, los partidos políticos, la administración pública, tienen un peso creciente en la vida política y no hay espacios reales de participación en estas instituciones a pesar de la promesa democrática. La burocracia entendida como la autoridad legal racional tiende a hacer prevalecer sus propios intereses sobre su papel de gestión. En este marco, los intereses particulares de los grupos que alcanzan el poder, muchos como representantes de la voluntad popular, no desaparecen ante el mandato recibido. De hecho, es frecuente escuchar que la clase política no tendría otro objeto que su propio poder; y, también, que el funcionamiento democrático no penetra en la mayor parte de los dominios de la vida social

.Datos sobre Chile sirven para ilustrar la imagen negativa que las personas tienen del sistema político. Un informe del PNUD reúne información sobre qué lograría un mayor interés por la política, entre quiénes se manifiestan poco o nada interesados en ésta (80 por ciento). El 36 por ciento de éstas personas dijo que para sentir mayor motivación requerirían que la actividad política fuera más transparente; el 21 por ciento, que ello sería posible si la política hiciera algo por construir una sociedad mejor . A ello, se agrega en el señalado informe que "las propuestas gubernamentales no siempre se traducen en reformas legales. Ello refuerza la sospecha de que las promesas políticas no se cumplen y de que en suma, la utilidad de la política es bastante débil" .

Esta mala imagen de la política es extensiva a quiénes se desempeñan en ésta. Nuevamente, si se utiliza información sobre Chile, la opinión común entre las personas es que los políticos no representan los intereses ciudadanos, no se preocupan de su bienestar y agotan su actividad en disputas ideológicas o en pequeñas rencillas de poder. Quiénes así opinan destacan que el fin de la política debiera ser ir más allá de los intereses que concita el poder y desean que vuelva a constituirse en la generadora de grandes proyectos nacionales. La imagen de los políticos es la de personas que discuten por temas secundarios y generan conflictos artificiales . Esta realidad no debe ser muy diferente a la de los demás países latinoamericanos. La información sobre seis países de la región, provenientes del Latinobarómetro, muestra que las instituciones más características de la democracia son aquellas a las que menos confianza se les otorga. En orden decreciente, la confianza se deposita en las instituciones del siguiente modo: Iglesia, televisión, Fuerzas Armadas, Presidente, policía, justicia, Congreso Nacional y partidos políticos. La credibilidad de éstas dos últimas instituciones es cercana al 20 por ciento en tanto la Iglesia alcanza un 70 por ciento y la televisión un 50 por ciento.

Las cifras sobre confianza otorgada a las instituciones destacan un hecho muy notable. Las instituciones que cuentan con mayor apoyo son vistas normalmente como más solidarias. La Iglesia es una institución que por su naturaleza es solidaria. La televisión es un medio muy efectivo en las campañas de solidaridad y su imagen en el desempeño de este rol queda en la memoria. La solidaridad es un comportamiento bien evaluado por las personas porque toca sus fibras más nobles. Esta escueta estadística ofrece evidencias de la fuerza que tiene la tesis que afirma que la persona siente que las manifestaciones de solidaridad responden a sus dimensiones humanas superiores.

La evaluación que las personas hacen del compromiso social de quiénes están a cargo de los asuntos públicos es mala. Ello induce a las personas a inclinar la balanza hacia una libertad sin mayor contrapeso social en su comportamiento.

Por su parte, la unidad social se ve afectada en la misma medida que la confianza en las instituciones democráticas disminuye y si las posibilidades de sentirse parte de una dinámica social son bajas. Sobre el particular, no debe olvidarse la necesidad humana planteada por S. Weil de echar raíces.

La necesidad de sentirse parte no permite soslayar el tema de la participación. Podría afirmarse que un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real y activa en una colectividad. Las personas sienten falta de espacios de participación para sentirse artífices, actores reales en la construcción de país. Nuevamente, si se considera la información que proporciona el PNUD para Chile, tanto a partir de los grupos de discusión como de las encuestas, se infiere que en este país las personas reiteradamente sostienen que están al margen de la "construcción de sociedad". Estas dicen que el sistema no requiere de las personas salvo de sus capacidades de trabajo y consumo; que es autorreferente; que es difícil creer en la fuerza de la acción colectiva; que no se sienten consideradas .

La conclusión sobre estos puntos es que el funcionamiento actual del sistema democrático no alcanza a concitar un sentido de unidad entre las personas. Como contrapartida, esa falta de unidad repliega a las personas a los grupos sociales de relación primaria o de interés común que le sirven de referente y como raíz. Además, la suma de libertad sin compromiso social y necesidad de pertenencia conduce a la manifestación de una diversidad sin límites que no permite un enfoque común. El resultado es una gran fragmentación social.

La fragmentación social, la falta de unidad y de proyecto social, el menor compromiso que pareciera ser la tónica de la realidad social latinoamericana, no son los únicos factores que afectan la expresión solidaria. La gran expectativa de un mundo mejor que genera la democracia se ve coartada por su propio funcionamiento y ello deriva en apatía o violencia social. Las personas se marginan completamente acentuando la fragmentación social o expresan sus demandas violentamente. Y ambas actitudes no crean un terreno propicio para la manifestaciones solidarias.

Si estas conclusiones se confrontan con las condiciones para una cultura que favorezca el desarrollo, se puede afirmar que el funcionamiento actual de la democracia no se funda en la confianza en la persona y en la expresión de su ser en la medida que no usa sus capacidades y deja al margen a la gran mayoría de los ciudadanos. Tampoco genera un tejido social vivo y dinámico. Ambas condiciones son como nunca necesarias si se desea alcanzar un mayor desarrollo y vivir en una sociedad más humana y gratificante.

Cómo fortalecer la solidaridad
Los principios democráticos crean un amplio espacio y convocan al ejercicio de la solidaridad. El funcionamiento del sistema democrático desestimula las expresiones solidarias. A partir de lo que se aprecia de la dinámica del sistema político y de los actores responsables de ésta, es posible afirmar que la solidaridad país es baja. La unidad nacional y el interés público que expresa la institucionalidad democrática no tienen fuerza y capacidad de convocatoria.

De estos antecedentes surge una primera conclusión. El peso de las relaciones sociales puesto en la libertad individual y la diversidad afecta la solidaridad país y, en general, la motivación a expresar solidaridad colectiva. No obstante, el que la solidaridad país y la solidaridad colectiva se encuentren afectadas, no necesariamente coarta la solidaridad individual. Por el contrario, esa menor solidaridad puede despertar en muchos un llamado a un mayor compromiso social, a generar proyectos y a realizar más que antes acciones solidarias en adhesión a causas ajenas y en situaciones difíciles. Ello no contradice la hipótesis anterior. La mayor solidaridad de estos últimos, aunque sean muchos, es difícil que alcance a construir un tejido social vivo y dinámico. Por ejemplo, frente a desgracias colectivas, hay personas y muchas que se movilizan con gran compromiso pero éste puede ser momentáneo y no modifica para nada la solidaridad país.

Una segunda conclusión, que debiera ser más bien planteada como hipótesis, es que aparentemente la relación entre la evolución de la sociedad y del individuo, que se planteara en las primeras páginas, no tiene lugar en el actual funcionamiento de la democracia. La institucionalidad sobre la base de la racionalidad instrumental adquirió vida propia, se alejó de las personas y las dejó de convocar. Este es el resultado de las dinámicas del poder, de la burocracia y de la formulación de políticas. Como un ejemplo patente de este hecho es la frase electoral que hoy en Chile rinde más frutos: "la gente quiere...", "hay que escuchar a la gente", etc. Pero, además, se podría presumir que la institucionalidad se organiza a partir de la desconfianza en las personas. Los componentes coercitivos y autoritarios de la misma y la falta de espacios de participación son indicadores de esa falta de confianza.

De estos antecedentes, se rescatan tres planteamientos que han surgido a lo largo de estas páginas, los que se desarrollan a continuación, que fortalecen la solidaridad desde la perspectiva de una cultura democrática que beneficie el desarrollo: el apoyo a la expresión de la persona en toda su humanidad, el fortalecimiento de la confianza y la participación social. Hay otros, como la dignificación de la política. Pero se piensa que una cultura que ponga su acento en la expresión de la persona en toda su dignidad llevará a un mayor compromiso social a quiénes ejercen responsabilidades de carácter público y, a su vez, los ciudadanos estarán en mejores condiciones para elegir a quiénes se encuentren a la altura de las responsabilidades que deben asumir y exigirles un desempeño acorde con éstas.

Con respecto a dos de las dimensiones que a continuación se destacan para fortalecer la solidaridad, cabe recordar que habitualmente se sostiene que la democracia al avanzar en su consolidación pasa de una etapa basada en la participación en un orden político a otra de deliberación, que privilegia el reconocimiento de las personas y la diversidad de sus esfuerzos, al mismo tiempo que aporta la razón instrumental para lograr la integración de la sociedad. De acuerdo a los antecedentes reunidos, se estima que si es posible generalizar, la mayoría de los países de América Latina no ha seguido una evolución lineal en este avance. Se podría decir que la primera etapa aún no se puede dar por terminada y la segunda ha avanzado en la incorporación de la razón instrumental en búsqueda de la integración y no en el reconocimiento de la persona. Sobre la incorporación de la razón instrumental, en algunos períodos se pensó que se iba en la dirección correcta en el logro de la integración. Actualmente ello es difícil de seguir sosteniendo y, desde luego, queda mucho por hacer en el campo de la participación y del reconocimiento de las personas y su aporte.

La persona: actor responsable de su destino y creador de sociedad
La primera consideración a tener en cuenta es el apoyo a la persona y a su expresión en plenitud de su humanidad superior, la que constituye un eje fundamental y ordenador de la solidaridad país. Es más, esta no sólo es una condición necesaria sino que puede llegar a ser suficiente para la expresión solidaria.

Esta propuesta no es ajena a la de connotados cientistas sociales que por otros caminos y razones llegan a la misma conclusión. Los análisis de Peyrefitte y los de Touraine concluyen en que hay que volver a colocar al sujeto en el centro de los esfuerzos conducentes al desarrollo y la construcción del espacio social.

Este enfoque otorga a la persona una fuerza nueva en el campo de las ciencias sociales. Emerge el actor social. Promueve el que ésta pueda desplegar su verdadero ser, expresar su humanidad en vinculación a su sentido de la vida, desarrollar sus capacidades y aplicarlas al trabajo en común para lograr superar situaciones que no se condicen con la dignidad humana y que permiten la realización de otras personas. Persigue, también, el que la persona se convierta en actor social con compromisos y proyectos que tejen relaciones sociales que convergen hacia la unidad con otros.

Esto que parece tan obvio, tiene gran importancia. Refuerza el vuelco en 180 grados que han enfrentado los estudios del desarrollo económico y social. Se espera que termine definitivamente una época en que la atención en el desarrollo o en la sociedad ha sido tan intensa que el medio se convirtió prácticamente en fin. Esta perspectiva, también, se ha reflejado de alguna manera en los análisis del sistema democrático. La atención puesta en indicadores de desarrollo como la tasa de crecimiento y el producto bruto tienen alguna similitud con los esfuerzos que apuntan a mejorar las normas de procedimiento, asegurar la inscripción electoral o la incorporación de las minorías en las democracias. En el primer caso se ha prestado más atención a lo cuantitativo que a las características que iba asumiendo ese desarrollo y sus consecuencias en la vida de las personas. En el segundo, junto con dar importancia a los números, los esfuerzos se centran en soluciones formales con escasa reflexión sobre el significado social del comportamiento de las personas, ya sean éstas reacciones masivas o de grupos determinados. Ello es claramente observable en los análisis que se realizan de la conducta política de los jóvenes.

Esa mirada poco profunda incide con mayor fuerza en el campo social. Hasta ahora, los esfuerzos se han limitado a poner el acento en la unidad social, pensando que hay que reforzar los lazos que se hacen cada vez más débiles. Ese esfuerzo es correcto pero insuficiente. Lo central es el proceso de individuación, mediante el cual la persona se asume como actor social, responsable y creador. Sin esta consideración, el concepto sociedad será cada vez más vacío y carente de toda vitalidad. Cuando Touraine coloca en el centro de sus preocupaciones al sujeto, quiere salvar la sociedad; cuando Peyrefitte destaca al actor social, busca potenciar el desarrollo.

Según Touraine, el ciudadano fue concebido como el producto de las instituciones y de la educación cívica; era un hombre público que subordinaba sus intereses y sus afectos al interés superior de la nación o de la patria. Pareciera que hoy día las instituciones sólo son capaces de coacción y el ciudadano con las características de entonces, a menos que se asuma en el presente como actor social, no siente compromiso con la sociedad. En su propuesta, Touraine quiere un ciudadano-sujeto, que se "postula como su propio fin" y que "afirma su libertad . Este ciudadano es el contrapunto que requiere la racionalidad instrumental para ser efectiva. En cada vector del tejido social se requiere un actor que despliegue la totalidad de su humanidad para que esa interrelación construya, desde las bases, esa cultura que favorecerá un desarrollo cualitativamente distinto.

Cabe agregar que hoy día se teme que el apoyo a la persona puede conducir a un mayor individualismo. Dicho temor es infundado. El proceso que la lleva a definir su sentido (su "fin") y su forma de ejercer la libertad, despierta su humanidad superior y las ya comentadas necesidades del alma, entre las cuáles, una de las primera es la de solidaridad social.

La cultura de la confianza
Para despertar el proceso de individuación del sujeto, para potenciarlo y movilizar sus recursos personales, Peyrefitte es uno de los primeros en destacar la importancia de la cultura de la confianza. Su propuesta no tiene por objeto sólo recordar que el desarrollo es "para" el hombre. Sin decirlo, quiere ir más allá y enfatizar que es "con" el hombre y que para lograrlo se requiere una cultura de la confianza. Hoy ya es generalizada la convicción de su necesidad.

Algunos de los componentes centrales de la cultura de la confianza son el pluralismo, el valor del diálogo y la cultura del derecho.

El pluralismo es uno de los valores de la modernidad más controvertidos. Los factores constitutivos de la democracia exigen una sociedad pluralista y es gracias al reconocimiento de la diversidad que se genera la participación de todos los actores y que el desarrollo cobra nuevos ímpetus. Es más, las dimensiones éticas de la democracia exigen una capacidad de respeto al pluralismo. La democracia no sólo consagra la libertad de la persona, de cada persona, sino además ofrece igualdad. No hay extraños ni excepciones. Sin embargo, todavía este valor no se haya plenamente enraizado en nuestra cultura. Aún hay resabios pre-modernos que inciden en una baja tolerancia a ideas distintas. El pluralismo, se entiende más como una fatalidad que como un valor. En consonancia con ello, la diversidad es considerada como un peligro. El temor por la falta de respeto a iniciativas individuales innovadoras y creativas produce autocensura. Se pierde así el potencial que la libertad ofrece a cada persona para ofrecer a otros lo mejor de sí misma.

Un componente necesario en una cultura de la confianza es el valor del diálogo. Si la propuesta de la democracia es la unidad en la diversidad, ello requiere de más negociaciones y acuerdos que las posibilidades que ofrece el sistema electoral. Esos acuerdos sólo se logran a través del diálogo y la deliberación. Nuestra cultura es más proclive a la confrontación que al diálogo. No sabemos manejar el conflicto y zanjar las diferencias a partir de la deliberación. En lugar de deliberar abiertamente, hay una tendencia a recurrir a fórmulas que se llaman de consenso pero que sólo logran esconder y mantener diferencias latentes. Es necesario encontrar más y nuevas vías para conversar y enfrentar las diferencias. Se requiere que más allá de las muchas que emergen en la contingencia como los comités tripartitos, las mesas de diálogo, etc., éstas se encuentren insertas en forma permanente en todas las instancias tanto macro como micro sociales.

Otro componente central de esta cultura es la importancia del respeto a la ley y el orden. Los principios democráticos adquieren vida a través del ordenamiento jurídico y éste debe ser fiel a dichos principios. Por otra parte, la democracia requiere que se respete el orden y el derecho para asegurar la unidad de la sociedad. Pero, también, requiere que la ley y el orden apoyen una cultura de la confianza y expresen hasta en su lenguaje confianza en las personas.

La participación social
Hoy en día el tema de la participación es complejo, desafiante y crucial.Por un lado, hay una innegable apatía, la que se expresa principalmente en las elecciones para designar representantes a la toma de decisiones políticas. Por otra parte, las encuestas constatan insatisfacción en relación a las oportunidades de participación social. Pero, más importante aún, es el hecho que cuando se piensa en incentivar la participación o generar nuevos canales, por lo general estas iniciativas se mantienen en un campo formal que no logra sus objetivos.

Con respecto a la apatía, pareciera que mientras el cargo de representación es más alto y, por lo mismo, se ejerce en esferas que parecen más lejanas o en las cuáles es más fácil desligarse de la función representativa, el interés por participar es menor. Vale decir, pareciera que los ciudadanos no sienten que el sistema representativo funcione y genere compromiso, hecho que vale tanto para los representados como para sus representantes. En tanto, la insatisfacción frente a las oportunidades de participación se mencionan en el informe del PNUD. En este se señala que un porcentaje importante de los actores sociales estarían insistiendo en su deseo de aportar al desarrollo de la sociedad y no encuentran formas para canalizar su inquietud. La participación no sólo es importante porque genera un sentido de pertenencia social, lo es también porque orienta la dinámica social hacia la unidad y porque da sentido al tejido social.

La creciente necesidad de participación estaría en relación directa con el rechazo a la solución que ha encontrado la ecuación diversidad-unidad frente a las decisiones personales en el campo liberación-compromiso. Ese rechazo estaría indicando que la conciliación que ha logrado el citado dilema requeriría de un nuevo equilibrio. Vale decir, en la demanda por mayor participación se podría entender que las personas señalan su necesidad de mayor compromiso social, de sentirse más parte que las posibilidades o las formas que el sistema les ofrece.

Es importante recalcar el acento puesto en la formalidad de las soluciones democráticas. La participación social es un fenómeno que debiera abarcar dimensiones muy amplias de la vida social, especialmente si se trata de "echar raíces". Hasta ahora el énfasis se ha puesto en el derecho a elegir representantes para tomar decisiones, delegación que finalmente también es formal en la medida que en la práctica no hay ningún intercambio significativo entre quiénes delegan y quiénes representan. La formalidad genera desinterés. En cambio, si el formar parte se proyecta a muy variadas formas de inserción social, se pueden imaginar muchas otras situaciones que permiten la participación, sobre todo si se apunta a generar tejido social. Por ejemplo, por citar uno, la integración de grupos sociales distintos en una misma unidad geográfica es una manera efectiva de participar, echar raíces y crear tejido social.

En suma, con respecto a la participación social, el ciudadano comprometido socialmente que nace con la democracia estaría pidiendo hoy un ajuste a su institucionalidad. Para conocer dónde y hasta qué grado se debe hacer ese ajuste, la confianza es un buen barómetro en la medida que permite discernir su grado de adecuación. Por otra parte, esa inquietud latente que ya se comienza a manifestar por participar será creciente. El ejercicio sistemático de la libertad, si se apoya con una cultura que cree en la persona y genera confianza, impulsará a las personas cada vez en mayor número, al compromiso social y a sentir el llamado a una acción social solidaria.

Fuente
Documento incluido dentro de la Biblioteca Digital de la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo .

Comments

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Submitted by Anonymous (not verified) on Mon, 10/10/2005 - 09:21 Permalink

por que busco en rialida la importancia de la comunicacion en la visa social y aprece algo de los medios de comunicaion y nada tiene que ver porque es en la sociedad como tal en el dia a dia eso es lo que busco gracias

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Submitted by Anonymous (not verified) on Fri, 12/02/2005 - 13:13 Permalink

EXCELENTE PARA TRABAJO EFECTUADO DEL TEMA SOLIDARIDAD. ¡FELICIDADES!

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Submitted by Anonymous (not verified) on Mon, 12/05/2005 - 21:19 Permalink

Preparo un trabajo para la asignatura de Desarrollo Local, tema basado en la pérdida del sentido de solidaridad en una localidad rural de Los Andes.
Esta página fue excelente, para dilucidar y corroborar observaciones por mí hechas en mi trabajo de terreno.
Muchas Gracias
Elsa

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